Capítulo 1. El nacimiento de Popota

Un día, en el extremo occidental del bosque errante, emergieron de la tierra tres enormes huevos.

Como si partiese una roca, eclosionó el primero y salió corriendo un poderoso lobo. Con no menos ruido eclosionó el segundo y de él nació un pequeño gato.

Se atusó los bigotes, se lamió las patas delanteras, maulló levemente y con hambre de banquete se zampó el tercer huevo.

La historia de este gato no se cuenta en ningún libro. Un anciano, hace miles de años, lo bautizó como Popota, que en aquella lengua quería decir “demonio de la casa”.

Mucho tiempo erró Popota por el mundo. Puedo afirmar que a su alrededor todo se marchitaba y nacía una y otra vez. Imaginaos por un momento cómo el gato Popota podía ver el mundo, no vivía en el tiempo de los pueblos, quizás por eso dónde quiera que pasaba una temporada comenzaban a propagarse habladurías sobre espíritus, hechicerías y malos agüeros. Y al final, el extraño y curioso gato negro, era expulsado del lugar, no sin cierto pavor y reverencia.

Muchas vidas. También muchas muertes. Lo habían enterrado vivo, quemado, cortado la cabeza, lo habían molido a palos, le habían disparado, atropellado, tirado de un campanario e incluso hasta se lo comieron, ¡más de una vez!, pero él recuerda una muerte en especial. En una batalla en la estepa siberiana, un guerrero y su caballo se le cayeron encima. Sintió frío, oscuridad y la presión de la tierra. Parecía haberse quedado dormido. Despertó en un campo de hierbas altas y amarillas. EL sol brillaba en lo alto. Cerca había una casa. Era la casa del Señor Calvino.

El gato no tardó mucho en aprender a transitar entre un mundo y otro por sí mismo, sin necesitar de la muerte, y no le dió muchas vueltas a la decisión de rondar habitualmente los tejados y escondrijos de la escuela del Sr. Calvino. Allí era bienvenido y pronto formó parte del paisaje de aquella hermosa villa. “Una casita humilde pero muy bien apañada” – decía el viejo Calvino, arrugándose a carcajada limpia. Así era la Escuela de lo Inexistente, de lo Invisible. Al gato no le interesaba demasiado la pedagogía, pero es cierto que por allí pasaban los más extraordinarios moradores de este y el Otro Mundo.

Un día de invierno, Popota se había dormido fuera, en una silla que el Sr. Calvino había utilizado para tomar los rayos de un tímido sol. Fue un sueño profundo, despertó con un penetrante olor a canela y anís metido en la nariz. Alguien, quizás alguna visita del Sr. Calvino, le había dejado mientras dormía un trozo de queique delante del hocico. No podemos negar que era un acto de amabilidad traerle comida al gato que vivía en la escuela, pero Popota nunca se había llevado nada a la boca desde la ingesta de aquel enorme huevo. Aquel huevo que se encontró nada más nacer. Es verdad que muchos se habían fijado en que no comía, pero nadie lo sabía a ciencia cierta. La vida de los gatos es muy extraña y opaca para la mirada impaciente. Pues bien, Popota, quizás por el malestar de aquel sueño oscuro, se comió aquel generoso postre y se durmió otra vez. Después de un par de horas despertó de golpe. Se retorcía de dolor, se tiraba contra las paredes y rompía todo lo que encontraba a su paso. La fuerza y el horror de todo aquello cobró tal magnitud que el Sr. Calvino suspendió la clase y mandó salir a todos al jardín, por peligro de derrumbe. Popota se había hecho más grande, se había transformado en un monstruo babeante y temible, un demonio. Golpeaba todo a su paso, el dolor tenía que ser muy intenso, de su barriga salían sonidos de ultratumba, sin embargo, es cierto que tiempo después alguno de los alumnos que contempló la escena hablaba de que en los grandes ojos de Popota se vislumbraba cierto placer destructivo. En cualquier caso, la escena no duró mucho y en un momento dado el gato-demonio se irguió en toda su estatura, quizás medía dos metros, rugió y del rugido pasó al vomito. Un enorme huevo salió de su gaznate.

De Popota ya no se supo nada, desapareció como si aquello fuera el final de un cuento, y del huevo, que yacía entre las ruinas de la casa, nació un niño. El abuelo Calvino le llamó Filimario.